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Escrito por

Marc Cortés

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¿Qué tiene más valor: cultivar datos o utilizar un móvil?

En los últimos días se ha generado cierta polémica tras el anuncio por parte del Instituto Nacional de Estadística de España acerca del uso de los datos de los teléfonos móviles como muestra para obtener datos estadísticos del comportamiento de sus titulares. En concreto, durante cuatro días laborables, un domingo y tres días de vacaciones, el INE seguirá el movimiento de los teléfonos móviles en España. Para ello abonará a las tres operadoras con las que ha llegado a este acuerdo una cifra de casi medio millón de euros.

Esta noticia ha generado una polémica en relación al uso de los datos personales de los propietarios de los teléfonos móviles que, tanto las operadoras como el INE, han tratado de rebajar argumentado que en ningún caso se comercia ni se comparten datos personales sino que las operadoras anonimizan cualquier dato personal y, por lo tanto, ofrecen al INE datos anónimos para que el Instituto pueda realizar los estudios para los que pide estos datos. Pero, desde mi punto de vista, lo que debería generar la polémica no es el uso o no de datos personales sino la propiedad de los datos y quién cobra por su uso.

Vamos a poner un ejemplo para ilustrarlo. Imagina que eres agricultor y dedicas tu tiempo a cultivar las mejores fresas. Cuando recolectes esas fresas, acudirás a una empresa manufacturera para que te compre las fresas y, de este modo, producir una de las mejores mermeladas. Finalmente, alguien como tú o como yo, irá a una tienda y comprará esa mermelada. En este ejemplo, el agricultor cobra un precio por las fresas que cultiva y el productor de mermelada cobra un precio por haber transformado las fresas en un producto de consumo final. Ahora, sustituye las fresas del ejemplo por los datos que producimos cada uno de nosotros usando nuestros teléfonos móviles y la mermelada por la suma agregada y tratada de de esos datos. Algo no cuadra, ¿verdad?

Lo que no cuadra es que, en el caso que nos ocupa, sólo cobran por esos datos las operadoras. Pero, ni tú ni yo obtenemos nada a cambio por el uso de nuestros datos. Y si lo piensas, no es tan distinto a las fresas, ¿no?

En realidad, la diferencia es el valor que entre todos les damos a los datos que generamos y, por lo tanto, al valor que esperamos obtener a cambio. Vivimos en una sociedad en la que hemos asumido (de manera consciente o inconsciente) que los datos que producimos no son nuestros y por lo tanto los puede usar cualquiera. De esta forma, vamos al médico y el y el sistema público de salud se queda nuestros datos para hacer estudios epidemiológicos; conducimos por una autopista y alguien usa los datos de la velocidad a la que vamos o de los gases que generamos para definir los limites de velocidad; o vemos la televisión y alguien usa los datos de audiencias para ponerle precio a la publicidad en los programas más vistos. Y curiosamente, en algunos casos, el argumento es que con ellos se mejora el bienestar de todos.



¿Qué pasaría si nos pusiéramos al lado opuesto? ¿Qué pasaría si nadie pudiera usar los datos que generamos sin nuestro permiso y sin ofrecernos una contrapartida en función del valor que tienen nuestros datos? Antes de pensar que esta pregunta puede tener poco sentido, no olviden sustituir datos por fresas.

Vivimos en un momento de tantos cambios que algunos nos pasan por encima y, en ocasiones, ni tan solo somos conscientes de que pasan. Por eso a veces merece la pena parar, pensar, debatir y no asumir esta velocidad como la nueva manera de vivir. Vivimos un contexto en el que somos más protagonistas que nunca, donde muchas empresas y organismos públicos desarrollan (y venden) servicios basados en nuestros datos, en nuestro comportamiento. Y llega un punto en el que podemos empezar a poner en valor de quién son los datos (o las fresas) y cuál es el valor que queremos a cambio de su uso.

Podríamos hablar de la Ética de los Datos como base a partir de la cual poner en valor el dato que generamos esperando que, quien quiera utilizarlo, nos lo diga y nos cuente qué quiere hacer con ellos y qué está dispuesto a ofrecernos a cambio (que no tienen porque ser estrictamente dinero sino un mejor servicio, una rebaja en el precio, etc.).

Se trata de entender que nuestros datos, como fruto de nuestras acciones, tienen un valor (así como las fresas cultivadas son producto de un trabajo) y entender que nos pertenecen y que,  por lo tanto, llega el momento de decidir nosotros sobre los mismos.

 

Recupera la entrevista a Marc Cortés en el programa Versió Rac1 sobre la Ética de los datos.

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